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La casa del pueblo
13 de Febrero de 2012
- Somiedo
Veigas alberga tres construcciones con la característica cubierta somedana transformadas en un museo donde se muestran las duras condiciones de vida de antaño
¿Cómo vivían antaño los hombres y mujeres que poblaron el suroccidente asturiano? Lo hacían en casas de piedra con techos de escoba, conocidos como teitos, aunque «teito sólo es el tejado», aclara María Teresa Lana, directora del Ecomuseo de Somiedo. Este espacio cultural dispone en la localidad de Veigas de tres casas tradicionales donde se puede apreciar de cerca cómo era la forma de vida de los hombres y mujeres que poblaron la zona suroccidental. Las casas conservan aún intactas la distribución y mobiliario típicos de este tipo de edificación. Cada una de ellas pretende mostrar la evolución a lo largo de los siglos de la vivienda en el mundo rural. Algunos historiadores apuntan al siglo XII como el inicio de las cabañas de teito.
Dos de las casas de Veigas fueron adquiridas por la Consejería de Cultura en la década de los ochenta. En el año 2000, coincidiendo con la puesta en marcha del Ecomuseo, el Ayuntamiento de Somiedo decidió comprar una tercera muy próxima, que en aquel entonces estaba todavía habitada. Incluso tenía agua y luz.
Los teitos comenzaron sirviendo de vivienda para hombres y animales, juntos en un mismo espacio, en muchos casos circular. La directora del Ecomuseo comenta que «estas primeras construcciones carecían de horno y tampoco tenían ventanas». Con el paso del tiempo, el teito fue evolucionando hasta separar la vivienda en dos. Por un lado, la casa familiar y en otra construcción anexa, el recinto para los animales, sobre todo vacas y cabras. Dentro de la vivienda, se crea un nuevo espacio: la cocina y el llar pasan a ser independientes. Las nuevas cocinas se llenaban de nuevos objetos que en las anteriores no había, como la masera y la alacena.
Las camas de los hombres y mujeres se hacían de madera, con un somier de cuerdas, entrelazadas entre sí para sostener el peso del cuerpo. «Encima ponían un colchón que fabricaban con hojas de maíz». Tradicionalmente, al lado de las casas tenían un huerto con los productos de consumo diario, «las patatas y el trigo lo sembraban en tierras más alejadas», precisa la directora.
Lo más importante y vital para esta construcción es «teitar», es decir, realizar los arreglos necesarios en la cubierta para que no se produzcan humedades. «Hay que ir a cortar la escoba, que además tiene unos días, dependiendo de la Luna, en los que es más propicio recogerla», explica.
La escoba es un tipo de matorral bajo, que por la longitud de sus ramas y hojas se convierte en el elemento perfecto para cubrir las casas, porque aguanta todo: lluvia, nieve y hielo. «Una casa bien teitada aguanta lo que le echen», afirma Lana. Pero es imprescindible hacerlo «bien y no dejar ningún hueco sin cubrir».
El tejado de escoba también era empleado en otras construcciones como en las escuelas, molinos, hórreos, aunque, con el avance social y de medios, los somedanos comenzaron a sustituir la escoba por otros materiales como teja o pizarra.
La evolución de los teitos muestra un avance, no sólo en cuanto a su estructura, sino también habla de un progreso que va mucho más allá. Habla de una sociedad que cambia y avanza con el paso del tiempo y demuestra la capacidad del hombre por mejorar las condiciones de vida tan duras en aquellos tiempos.
Fuente: Sara Arias. La Nueva España
Dos de las casas de Veigas fueron adquiridas por la Consejería de Cultura en la década de los ochenta. En el año 2000, coincidiendo con la puesta en marcha del Ecomuseo, el Ayuntamiento de Somiedo decidió comprar una tercera muy próxima, que en aquel entonces estaba todavía habitada. Incluso tenía agua y luz.
Los teitos comenzaron sirviendo de vivienda para hombres y animales, juntos en un mismo espacio, en muchos casos circular. La directora del Ecomuseo comenta que «estas primeras construcciones carecían de horno y tampoco tenían ventanas». Con el paso del tiempo, el teito fue evolucionando hasta separar la vivienda en dos. Por un lado, la casa familiar y en otra construcción anexa, el recinto para los animales, sobre todo vacas y cabras. Dentro de la vivienda, se crea un nuevo espacio: la cocina y el llar pasan a ser independientes. Las nuevas cocinas se llenaban de nuevos objetos que en las anteriores no había, como la masera y la alacena.
Las camas de los hombres y mujeres se hacían de madera, con un somier de cuerdas, entrelazadas entre sí para sostener el peso del cuerpo. «Encima ponían un colchón que fabricaban con hojas de maíz». Tradicionalmente, al lado de las casas tenían un huerto con los productos de consumo diario, «las patatas y el trigo lo sembraban en tierras más alejadas», precisa la directora.
Lo más importante y vital para esta construcción es «teitar», es decir, realizar los arreglos necesarios en la cubierta para que no se produzcan humedades. «Hay que ir a cortar la escoba, que además tiene unos días, dependiendo de la Luna, en los que es más propicio recogerla», explica.
La escoba es un tipo de matorral bajo, que por la longitud de sus ramas y hojas se convierte en el elemento perfecto para cubrir las casas, porque aguanta todo: lluvia, nieve y hielo. «Una casa bien teitada aguanta lo que le echen», afirma Lana. Pero es imprescindible hacerlo «bien y no dejar ningún hueco sin cubrir».
El tejado de escoba también era empleado en otras construcciones como en las escuelas, molinos, hórreos, aunque, con el avance social y de medios, los somedanos comenzaron a sustituir la escoba por otros materiales como teja o pizarra.
La evolución de los teitos muestra un avance, no sólo en cuanto a su estructura, sino también habla de un progreso que va mucho más allá. Habla de una sociedad que cambia y avanza con el paso del tiempo y demuestra la capacidad del hombre por mejorar las condiciones de vida tan duras en aquellos tiempos.
Fuente: Sara Arias. La Nueva España
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